Me llamo Iván, aunque muchos de mis amigos me conocen como Eevee, igual que el Pokémon. No es un apodo buscado, pero terminó pegándose a mí igual que se pega la goma caliente a los neumáticos tras una carrera. En mi casa, como en muchos otros hogares, la Fórmula 1 era un ritual: comida en la mesa y domingo de carreras. Las motos también estaban ahí, pero nunca me calaron igual, quizá porque desde pequeño tenía terminantemente prohibido subirme a una.
De niño llenaba folios con monoplazas imposibles, dibujados con compás, reglas y todos los colores que encontraba, bólidos que jamás existirían en una parrilla real. Me inventaba marcas, nombres y patrocinadores. Y me repetía algo que aún recuerdo como si me lo hubiera dicho ayer: «Si no llego a ser piloto, seré el ingeniero de los pilotos que sí lleguen».
El primer recuerdo que me marcó fue el debut de Fernando Alonso en Australia 2001. Tenía la sensación de estar viendo algo grande sin saber todavía cuánto. Fui hacia mi padre y le solté una frase tan contundente como infantil: «Papá, quiero ser piloto de F1». Desde entonces no he fallado a una carrera ni a una clasificación. Pero lo que realmente me ató a este deporte fue una escena que aún llevo dentro: el GP de Brasil 2003. El caos absoluto. Mark Webber estrellado, Alonso tras él, bandera roja, y el hueco vacío en el pódium mientras al asturiano se lo llevaban al hospital. Ahí entendí que este deporte también era fragilidad, humanidad y riesgo. Y que por eso te atrapa.
Durante años pude correr en karting a nivel regional y nacional. Nunca fui un prodigio ni acumulé títulos, pero al bajar la visera desaparecía el mundo de fuera. Todo lo difícil se quedaba ahí. Al subirla, era cuando volvía. Con el divorcio de mis padres y la decisión de quedarme a vivir con mi madre, tuve que dejarlo. No fue una elección: fue una renuncia. Aún duele un poco.

Mi vínculo con el motor se volvió más de espectador, más íntimo. Y ahí apareció algo que no esperaba: la Fórmula E. Mi conexión con la categoría nació a través de alguien con quien me sentía identificado: Jaime Alguersuari. Su etapa en la F1 tan temprana, su paso por la FE, su salida del deporte para dedicarse a la música… Jaime, si algún día lees esto: te admiro. Tengo tu libro Reinvéntate y lo devoré en un par de días. Me gustaría releerlo y escribir sobre él como merece.
También crecí leyendo sobre automovilismo. Como buen niño de la era Alonso, cayó en mis manos Fernando Alonso: El príncipe de la F1, de Raquel Actis. Pero, lo siento, mis pilotos favoritos siempre han sido Lewis Hamilton y Michael Schumacher, los dos que pude vivir de verdad. A Juan Manuel Fangio, Niki Lauda o Ayrton Senna no los vi correr, pero los tengo en un pedestal propio, con una mención especial para James Hunt y Nigel Mansell. Nunca he sido un alonsista de libro, aunque claro que viví momentos de la alonsomanía. Pero Hamilton me tocó diferente: por cómo pilota, sí, pero sobre todo por cómo ayuda, por su vulnerabilidad, por lo que hace de forma anónima y por la relación con su hermano. Me marcó más que cualquier título.
Mi relación con la FE ha sido casi tan exhaustiva como con la F1. Recuerdo perfectamente la época en la que los pilotos cambiaban de coche a mitad de carrera, la celebración de da Costa en Berlín con mascarilla, los pasos fugaces de Pierre Gasly o Roberto Merhi… y en esos detalles también encontré motivos para sentirme parte de ella.
Con el tiempo, decidí arrancar este proyecto y crear esta web para acercar la FE al público hispanohablante. Es una categoría que me divierte, me entusiasma y creo que merece muchísimo más reconocimiento del que tiene. No lo hago por dinero —ojalá diera para vivir, pero no es el objetivo— ni para darme a conocer; de hecho, admitir todo esto me da una vergüenza tremenda. Lo hago porque la amo y quiero compartirla. Antes incluso de crear esta web, viví una de esas experiencias que te acompañan siempre: pude entrevistar en persona a Sacha Fenestraz en el Circuit Ricardo Tormo durante la pretemporada 2023-24, en otro proyecto distinto pero igualmente especial. Sacha, aún no entiendo cómo Nissan no continuó contigo y te reemplazó por Nato; desde aquí te mando un abrazo enorme a ti y a toda Argentina. De aquellos días conservo una fotografía que, sin exagerar, es de las mejores que he hecho en mi vida:

Y sí, uso IA. Me ayuda a escribir cuando no tengo tiempo suficiente, a estructurar mis ideas y a ordenar mi caos. Si molesta, lo siento, nadie está obligado a quedarse. Aquí no se hacen prisioneros.
Así que gracias.
Gracias si has llegado hasta aquí.
Quizá nos crucemos algún día en el ePrix de Madrid, en el Jarama, entre el olor a freno caliente y el sonido eléctrico que ya forma parte de mí.
